Como habitantes de un país costero, mantenemos una memoria colectiva sobre el paisaje, donde aparece constantemente la presencia del mar. La línea del horizonte se proyecta sin un final visible.
Es una relación de la cual resulta complejo desvincularse ya que aparte de influir en nuestra visualidad y en nuestros recuerdos, se manifiesta en el aire, la atmósfera, abarcando gran parte de nuestros sentidos formando parte de una experiencia vital.
Observar y fotografiar personas contemplando el mar nos conecta con aquella experiencia de haber estado enfrentados a un paisaje eterno, desconocido. Un paisaje incierto que no sabemos dónde termina, por donde imaginariamente podemos desplazarnos y viajar, aún estando situados en un extremo austral del mundo.
